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domingo, 20 de julio de 2014

Jersey boys (Película de Clint Eastwood)

Jersey boys

Carlos Bonfil

Jersey boys
Oldies but goodies. A los 84 años el camaleónico actor y cineasta estadunidense Clint Eastwood es capaz aún de sorprender a sus seguidores y a quienes no lo han sido tanto. Además de haber incursionado memorablemente en el cine genérico, tanto en el western como en el thriller, el personaje se ha labrado sorprendentemente desde los años 90 una sólida reputación de autor. Como en el caso de Woody Allen, es conocida su afición paralela a la música, particularmente el blues y el jazz, y en su filmografía destaca una notable biografía de Charlie Parker, Bird (1988), estelarizada por Forest Whitaker.
Lo que hoy acomete el veterano Eastwood en Jersey boys, su trigésimocuarto largometraje, es el recuento biográfico de uno de sus intérpretes musicales más apreciados, el ítalo-estadunidense Francis Stephen Casteluccio, nacido en Newark, Nueva Jersey, y mejor conocido por su nombre artístico definitivo Frankie Valli, quien fue vocalista estrella del grupo Las cuatro estaciones (The Four Seasons) en los años 60. La cinta retoma lo esencial de la producción teatral homónima presentada en Broadway en 2005, y ganadora un año después del Tony Award como mejor musical. Los guionistas de la cinta, Marshall Brickman y Rick Elice, adaptan su propio libreto teatral y tres de los protagonistas proceden de la puesta escénica original.
Con todo esto, cabría esperar un traslado rutinario a la pantalla de un éxito de Broadway. En parte sucede precisamente eso, y sin embargo Jersey boys recupera y enaltece, gracias a la inspiración de Eastwood, el ritmo frenético y el tono despreocupado de toda una época, esos años 50 en que transcurre la primera parte de la cinta, con el auge de una cultura popular y sus mitologías instantáneas, para describir después, en tonos más oscuros, propios del autor de J. Edgar (2011), la decadencia del grupo musical Las cuatro estaciones, sintomática a su vez del derumbe paulatino del gran sueño estadunidense.
Clint Eastwood elige una narración fílmica muy cercana al estilo trepidante de Buenos muchachos ( Goodfellas, Scorsese, 1990), con el voice over de algún personaje dirigiéndose al espectador, comentando las acciones o el comportamiento de otro protagonista, con el recurso brechtiano que, uno supone, se utilizó en la obra original en Broadway. Así es posible saber de entrada que en la saga musical que describe Jersey boys, en la jungla urbana a la que alude y en aquellos años de prosperidad capitalista, la clave del éxito de toda banda de musica pop consistía en dejarse apadrinar convenientemente por una mafia omnipresente e ineludible, encarnada aquí, en los límites de la caricatura, por el capo Gyp de Carlo (un estupendo Christopher Walken).
Retomar los esquemas teatrales y prescindir de reconocidos actores cinematográficos para encarnar a los cuatro integrantes del grupo musical, es sin duda una apuesta arriesgada, pero al parecer Eastwood insiste en no apartarse demasiado de la propuesta escénica original. No hay aquí ningún James Franco o estrella de moda parecida; en lugar de ello, el director brinda su gran oportunidad al carismático actor de series televisivas John Lloyd Young, quien interpreta a Frankie Valli, el artista con espléndido registro vocal y característico falsetto que hace lo imposible por mantener unido al grupo musical.
Es difícil seguir con interés sostenido las formas en que Frankie tiene que lidiar con el duelo de egolatrías de dos de sus compañeros o con el caracter acomplejado del tercero, o con la esposa que se siente desdeñada por su entrega total a las giras artísticas, o por la hija adolescente que naufraga en la depresión y en las drogas por el abandono paterno. Nada de esto contribuye a colocar a esta obra entre las mejores realizaciones del cineasta.
Jersey boys es, ni duda cabe, un melodrama con fuertes cargas de testosterona, ágil en su fascinante crescendo musical, pero con baches narrativos y personajes secundarios apenas esbozados o abandonados a medio camino. Lo importante es el modo en que Eastwood vuelve palpitante una época casi olvidada, la de éxitos musicales tan rotundos como Sherry o Can't take my eyes out of you, en un meritorio intento por retomar la vena tradicional de un cine popular auténticamente genérico, desplazado hoy por la mercadotecnia de los blockbusters más híbridos y rutinarios. El entretenimiento de calidad lo garantiza hoy el infatigable octogenario que, con los altibajos de rigor, sigue marcando la pauta del mejor cine hollywoodense.
Twitter: @CarlosBonfil1
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sábado, 10 de mayo de 2014

Dos cintas lograron 73% del público que convocó el cine mexicano en 2013

Dos cintas lograron 73% del público que convocó el cine mexicano en 2013
http://www.jornada.unam.mx/espectaculos/2014/05/10/a07n1esp

Dos cintas lograron 73% del público que convocó el cine mexicano en 2013

Alma E. Muñoz

Dos cintas lograron 73% del público que convocó el cine mexicano en 2013
■ Más de 60 películas no consiguieron llegar a 10 mil asistentes, según números del Imcine
La industria cinematográfica nacional carece de una red de exhibición que garantice la presentación de la mayoría de las películas mexicanas en todo el país. De 248 millones de espectadores que asistieron a las salas cinematográficas comerciales en 2013, sólo dos cintas mexicanas, No se aceptan devoluciones y Nosotros los nobles, lograron la concurrencia de 22 millones de espectadores, de los más de 30 millones que convocó el cine nacional. Más de 60 filmes no superaron los 10 mil asistentes.
De acuerdo con el diagnóstico del Programa Institucional del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) 2014-2018, publicado ayer en el Diario Oficial de la Federación, se han establecido diversos estímulos al área, pero la actividad aún registra "numerosos retos y complejidades inherentes a una industria en cambio permanente, que no da tregua a la pasividad en su organización, calidad de producción y difusión, con competencia visible en la gran oferta audiovisual proveniente de todo el mundo".
Una de las expresiones más afectadas son los cortometrajes, por las pocas oportunidades de explotación comercial que tienen, tanto en el ámbito nacional como internacional. "Las posibilidades de acceso al apoyo de la iniciativa privada para estas producciones son prácticamente nulas, ya que su nicho natural es el ámbito cultural, más que de mercado", se estableció en el documento.
En 2013, Imcine apoyó 23 cortometrajes de 179 solicitantes; es decir, sólo cubrió 13 por ciento de una demanda que año tras año también se incrementa. En los siete años recientes se inscribieron mil 283 proyectos en diversas categorías, pero sólo se apoyaron 161.
Según el informe publicado, en 2013 no se asignaron recursos federales para apoyar la distribución de películas mexicanas, a pesar de que un año antes se establecieron en el Presupuesto de Egresos de la Federación 280 millones de pesos al Estímulo a la Promoción del Cine, de los cuales 80 millones se distribuyeron en 60 proyectos, siete en la categoría de circuito cultural, y 53 en la de circuito comercial –a lo largo de 2012 y 2013, las cintas que recibieron ese apoyo tuvieron en conjunto una taquilla de alrededor de 130 millones de pesos, con más de 3 millones de asistentes.
Para 2014 se estableció un monto de 50 millones de pesos a través del Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión a la Distribución Cinematográfica Nacional, con el propósito de incentivar la creación de distribuidoras nacionales interesadas en cine mexicano, así como la distribución independiente de los propios productores.
El gobierno mexicano reconoció que pese a la recuperación de la presencia del cine nacional en las carteleras comerciales, las más de 5 mil salas cinematográficas en todo el país se concentran en las zonas y ciudades más pobladas, dejando relegados sitios que carecen de infraestructura y acceso a ese bien cultural.
Se estima que más de 60 por ciento de la población no cuenta con una sala de cine dentro de su municipio en el país.
Aunado a esto, México no tiene una plataforma que ofrezca contenidos de manufactura nacional para incorporar las nuevas tecnologías al consumo audiovisual, que es uno de los elementos que ha permitido elevar el número de espectadores en las cinematografías del mundo.
Por ello, "el Imcine se encuentra desarrollando la plataforma digital Cinema México, instrumento de modalidad bajo demanda, con el cual se pretende democratizar el acceso a nuestra expresión, dirigido a todo aquel interesado en conocer, por medio de un amplio catálogo de producciones nacionales, el devenir de la cinematografía de nuestro país".
En 2013, tres películas nacionales fueron las más concurridas, acumulando 85 por ciento de la asistencia total. Sólo se mencionan No se aceptan devoluciones, cuya productora fue Pantelion Films, del Grupo Televisa y Lionsgate, y Nosotros los nobles, con la productora Alazraki Films.
El reto para los estrenos mexicanos "sigue siendo incrementar su presencia a escala nacional, ya que la ciudad de México concentra por mucho el estreno de películas. De los 101 títulos mexicanos estrenados en 2013, 100 fueron en la capital del país.
Frente a esto, "Imcine debe estimular la salida de los estrenos nacionales y se ha dado a la tarea de localizar los diferentes cineclubes que existen en el país, información que se desconocía hasta ahora, censando aproximadamente 300.
"Este acercamiento puede establecer los cimientos para que estos circuitos alternativos sirvan como salida de las películas mexicanas, lo que abriría la oferta cinematográfica existente y dotaría a los pequeños exhibidores independientes y cine clubes de películas de estreno", de acuerdo con el programa institucional de Imcine.
El cine nacional ha superado en los dos años ateriores la producción de 100 largometrajes anuales. En 2013, alcanzó 126 (la cifra más alta desde 1959), 67 por ciento con algún tipo de apoyo del Estado.
Dicho número, conforme a lo difundido, "propicia que se revisen las reglas de operación de los instrumentos públicos de fomento a la cinematografía, con la finalidad de homologar procesos administrativos y de gestión que optimicen recursos y simplifique procedimientos para brindarles mayor eficacia, eficiencia y transparencia".
El cine hecho en México ha superado en los dos años anteriores la producción de 100 largometrajes anuales. En la imagen, la actriz Karla Souza en un fotograma de la cinta Nosotros los nobles, producida por Alazraki Films
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domingo, 24 de octubre de 2010

Nómadas en Morelia. Carlos Bonfil

La Jornada
Nómadas en Morelia


Carlos Bonfil

La octava edición del Festival Internacional de Cine de Morelia no ofreció, en materia de cine mexicano, los signos alentadores de una renovación artística. Aunque en buena parte de la prensa internacional y en los círculos de la alta burocracia, tan dada a las celebraciones, se repite incesantemente que nuestro cine atraviesa por un momento afortunado, en realidad el conjunto de 70 producciones anuales ha arrojado en este certamen un balance deslucido. Un larga temporada dedicada a financiar y promover oficialmente las llamadas producciones del centenario de la Revolución y bicentenario de la Independencia (El atentado, Hidalgo, El infierno, Revolución) sólo dio como resultado obras acartonadas y tristemente funcionales y decorativas, y en materia formal la involución del quehacer fílmico a expresiones que uno creía rebasadas, olvidadas en un remoto tiradero echeverrista.



Morelia podía representar la vitrina de un cine diferente, pero con muy pocas excepciones, lo que predominó en la selección de competencia y en las películas fuera de ella fue un quehacer rutinario y el recurso obsesivo a fórmulas de humorismo y melodrama que tienen como única preocupación la supervivencia en taquilla. Un ejemplo elocuente es el oportunismo comercial de La otra familia, de Gustavo Loza, que arropada con un discurso pretendidamente perturbador aborda el tema de la adopción virtual de un niño por una pareja de hombres gay. La condición obligada para abordar aquí el tema de moda es dosificando las escenas “fuertes” (dos estrellas masculinas besándose en primer plano) con un alegato moralista en contra de las drogas. Sólo el espectáculo de una madre desobligada y heroinómana puede hacer comprensible la adopción de un niño por una convencional pareja gay de clase acomodada. Una retórica hueca enarbola el valor universal del amor para eludir cualquier pronunciamiento incómodo sobre los derechos sexuales de las minorías sexuales, bendecidas aquí por un cura liberal y por la oración de buenas noches que la pareja gay, cultivada y decente, enseña al niño antes de acostarlo.



Esa “otra” familia es la misma familia convencional de un viejo y rancio cine mexicano. Otras películas abordan con nebulosas similares los temas de la intolerancia y el racismo (El baile de San Juan, de Francisco Athie, en una costosa recreación histórica de la Colonia que en más de una ocasión naufraga en el humorismo involuntario, o Tierra madre, de Dylan Verrechia y Aidée González, que frustra sus mejores intenciones de documental sobre la maternidad lésbica en una ciudad fronteriza, con un planteamiento verboso y efectista).

Somos lo que hay, de Jorge Michel Grau, y De día y de noche, de Alejandro Molina, acuden al cine de género (el horror en el primer caso; la ciencia ficción en el segundo) con incoherencias narrativas y especulaciones metafísicas que restan vigor expresivo a sus propuestas. En el caso de Grau es de lamentar el desperdicio de un tema interesante; en el de Molina cabe preguntarse cuál es el interés de intentar seducir hoy a un público popular desaparecido hace cuarenta años. Vete lejos, Alicia, de Elisa Miller, tiene un punto de vista interesante (la nostalgia del terruño vivida por una adolescente en el extremo sur argentino), pero lo que pudo ser un largometraje emotivo se resuelve en una serie de apuntes marcado por la improvisación (declarada) y un abandono esteticista digno de mejor empeño.



Todo lo contrario sucede con dos de las películas mexicanas más interesantes del festival, Nómadas, de Ricardo Benet, y A tiro de piedra, de Sebastián Hiriart. A reserva de hablar en detalle de cada una de ellas en su estreno comercial, cabe señalar una constante temática: el desplazamiento territorial que es búsqueda espiritual y cuestionamiento de la identidad propia al contacto con otra cultura. La película de Benet refrenda la originalidad y fuerza expresiva de su cinta anterior, Noticias lejanas, trasladando la exploración del mundo rural mexicano a un ámbito urbano (Nueva York), donde el protagonista vive del mismo modo complejo su experiencia de soledad y desarraigo.



Finalmente, Acorazado, de Álvaro Curiel, muestra las limitaciones de un humorismo narcisista con su abigarrada sucesión de viñetas sobre la pícara encarnación de un “mexican curious” (Silverio Palacios), a la vez pobre diablo y héroe popular, espejo magnificador del público al que va dirigida la cinta. En el extremo opuesto de rigor y originalidad narrativa, otra cinta humorística, Las marimbas del infierno, de Julio Hernández Cordón, obra emotiva y compleja sobre la soledad de un músico de marimba que descubre en la incorporación del heavy metal a su instrumento favorito, la clave de un éxito pasajero.



carlos.bonfil@gmail.com